Perú es un plato de ceviche, una plaza a 3.400 metros y una ciudad de piedra en un collado de cerros selváticos. Lima es la capital gastronómica que nadie esperaba. Cusco es la lección de altitud. Machu Picchu es la razón por la que se reservaron las fechas, y el Valle Sagrado es lo que recordarás cuando se apaguen las multitudes de postal.
Ve despacio el primer día en los Andes. El té de coca no es una personalidad: es una herramienta. Reserva pronto el tren y las entradas a la ciudadela, y trata el Camino Inca como un permiso, no como algo que se saca el mismo día. El resto del país — Arequipa, el Colca, el Titicaca, la Amazonia — está ahí cuando tienes más de diez días.
Come en el mercado, come el menú degustación si quieres el otro extremo, y come la papa cuyo nombre no vas a recordar. Perú tiene miles. No es una metáfora.
El español ayuda. La amabilidad ayuda más. El país lleva mucho tiempo recibiendo visitas y sigue prefiriendo a quien levanta la vista de la lista.